La Educación de los Sentidos: María Montessori

El niño posee una fuerza interior que se manifiesta por un interés particular hacia los objetos del mundo exterior. El niño forma sus primeras ideas abstractas a través de sus sentidos, con ayuda de la educación.
María Montessori elaboró el material que mejor corresponde a la situación del niño, a las proporciones de su cuerpo y a su estructura mental.
La estética de las formas y los colores no son indiferentes al niño. Contribuye a suscitar su interés y facilita su perseverancia.
M. Montessori no ignoraba que la mejor educación se realiza en contacto con el mundo real, que no excluyó de su sistema. Por el contrario, introdujo “los ejercicios de la vida practica” (cultivo de plantas, cuidado de animales domésticos, etc.)
Los sentidos, centros nerviosos y músculos constituyen un conjunto: el cuerpo, que debe estar al servicio de la inteligencia y de toda la persona humana. En cuanto a los ejercicios sensoriales, no constituyen mas que un “medio” por el cual el niño sienta las bases para una vida más rica.
La educación sensorial, se encuentra vinculada con la vida del cuerpo, pero también con la del espíritu. Ayuda a los niños a buscar un comportamiento armonioso y adaptarse con más facilidad a la vida social.
Los resultados del método montessoriano fueron espectaculares en el aprendizaje de la lectura y de la escritura.
Se considerará al material exclusivamente como un medio de instrucción, si bien su finalidad no es únicamente la de transmitir el conocimiento. A través de él debe buscarse el objetivo global de la pedagogía montessoriana: el desarrollo de la personalidad y del mismo hombre.
El material educativo constituye verdaderamente la base del sistema montessoriano. El niño dedicado a trabajar con intensa atención se forja un potencial intelectual y espiritual precioso para su porvenir.



Impresión de las formas mediante la palpación

Educación del sentido estereognóstico. Reconocer la forma de un objeto tocando todo su entorno o palpándolo de una manera variada (como hacen los ciegos), no es ejercitar sólo el sentido del tacto ya que con el “tacto” sólo se perciben las cualidades superficiales como liso y áspero. Pero cuando la mano (y el brazo) se mueven en el entorno de un objeto, a la impresión táctil se le añade la impresión del movimiento. Esta impresión se atribuye a un sentido especial ( un sexto sentido) que se llama sentido muscular y que permite dejar muchas impresiones en una “memoria muscular” o memoria de los movimientos.
Podemos movernos sin tocar nada y podemos reproducir y recordar el movimiento en su dirección, límites de expresión, etc. (consecuencia pura de sensaciones musculares); pero si nos movemos tocando una cosa, tenemos al mismo tiempo dos sensaciones: la táctil y la muscular, que originan este sentido que los psicólogos denominan “sentido estereognóstico”.
En este caso no sólo tenemos una sensación de movimiento, sino también el “conocimiento” de un objeto externo. Este conocimiento comprende también el conocimiento visual, dándole a la percepción del objeto una exactitud más concreta; esto ocurre mucho más en los niños pequeños, que da la sensación de que reconocen las cosas con más seguridad y sobre todo, tienen mayor facilidad para recordarlas cuando las tocan que no cuando las ven. Este hecho es normal, por la misma naturaleza de los niños pequeños. Éstos tocan todo lo que ven y adquieren así la doble imagen (visual y muscular) de las muchas cosas diferentes que encuentran en el ambiente.
Pero “tocarlo todo” según Montessori es más que una simple “verificación” de lo que ven: es la expresión evidente de una sensibilidad muscular muy viva que se encuentra en el niño pequeño durante la época de la vida en la que quedan fijadas las coordinaciones fundamentales de los movimientos.
Por tanto, no se trata sólo de “verificar” la visión, sino de ejercitar el movimiento por él mismo y de construir el edificio fisiológico que es la coordinación de los movimientos, necesario para formar los órganos de la “expresión”.
La razón por la que casi todos los ejercicios sensoriales van acompañados de “movimientos”, también demuestra que la “sensibilidad muscular” tiene una función dominante en la infancia. Por este motivo, en el método Montessori se utiliza mucho el sentido estereognóstico (porque también es crear cultura) en cuanto a sus manifestaciones expresivas (dibujo, escritura, etc.): con esta finalidad, por la que las sensaciones tienen un valor especial, tuvo el método un cuidado extraordinario de aquellas sensaciones en el periodo formativo de la primera infancia.
Sobre esto Montessori tenía datos experimentales que fueron un éxito y que ayudan mucho a la maestra. El primer material didáctico que se utilizó fueron los cubos y los prismas de Fröbel. Después de que el niño se fijara en la forma de los dos sólidos, se le hacía palpar cuidadosamente con los ojos abiertos, repitiendo alguna frase que permitiese al niño fijarse en detalles particulares de la forma. Después de esto se le decía al niño que pusiera los cubos a la derecha y los prismas a la izquierda tocándolos, “sin mirarlos”. Finalmente, el niño repetía el ejercicio con los ojos cerrados. Casi todos los niños lo hacían bien, y en pocas sesiones desaparecían los errores: los prismas y cubos eran veinticuatro en total por ello se pasaban bastante rato atentos a esta especie de “juego”; pero sin duda que el niño mantenía viva la consciencia de ser “espiado” por sus compañeros curiosos y dispuestos a reírse de sus errores. Y el niño también se sentía orgulloso de ser un “adivinador”.
Estos ejercicios del sentido estereognóstico pueden ser muy variados y son divertidísimos para los niños, pero no se trata de la simple percepción de un estímulo, como el de la temperatura, sino que reconstruyen un objeto de sobra conocido. Se pueden palpar soldados de plomo, pelotas pequeñas y sobre todo, las monedas. Incluso llegan a distinguir formas pequeñas muy parecidas, como el grano de los pájaros y el del arroz.
Los niños se vuelven como locos cuando se dan cuenta de que ven sin ojos y lo demuestran gritando y enseñando las manos: “Mirad mis ojos! Veo con las manos, ya no necesito los ojos”. Y Montessori respondía a sus gritos: “Vale, saquémonos los ojos! ¿para qué los necesitamos?”, y ellos reían y aplaudían.
Es cierto que los niños fueron más allá de sus previsiones y les sorprendían con progresos rápidos e imprevistos. Estallaban en grandes manifestaciones de júbilo y Montessori reflexionaba profundamente sobre esto.
Más tarde, los niños tuvieron espontáneamente una inspiración que le sugirió unos ejercicios que son de los más interesantes de los que se hicieron en las Casas de los Niños. Se comenzó a utilizar sistemáticamente todo el material que se pudiera prestar a ser reconocido con el tacto: los encajes sólidos, los encajes planos o las tres series de bloques. Los niños que ya hacía tiempo que se habían abandonado para pasar a ejercicios superiores, volvían a coger los tres soportes de los encajes sólidos, y con los ojos tapados palpaban los cilindros y los encajes correspondientes, y a menudo agarraban los tres soportes y mezclan los cilindros de las tres series. O bien vuelven a coger los encajes planos y, con los ojos cerrados, tocan cuidadosamente los contornos, buscando el perfil de los marcos. Muchas veces, se sientan en el suelo y tocan las barras largas deslizando los dedos de arriba a abajo, como si quisieran comprobar la extensión del movimiento del brazo; o todavía sentados, mezclan cerca de ellos los cubos de la torre rosa, y la construyen con los ojos cerrados.
El ejercicio muscular rehace toda la educación que, por medio de la vista, desemboca en una apreciación exacta de las diferencias en la forma y dimensión de los objetos.
Educación sensorial del gusto y del olfato
Los ejercicios sensoriales de estos sentidos no son demasiado atractivos. Únicamente Montessori puede decir que ejercicios semejantes a las pruebas adoptadas normalmente en la psicometría no le parecen ni adecuados ni prácticos, al menos para los niños pequeños.
De esta forma, Montessori intentó organizar “juegos de los sentidos” que los niños podían repetir entre ellos. Les hacía oler violetas frescas o bien si era el mes de mayo, las rosas que cogían de sus jardines. Después se les tapaban los ojos de un niño y se le decía: “Ahora se te hará un regalo, te traerán flores”. En efecto, un compañero le acercaba a la nariz un manojo de violetas que el niño debía de reconocer, y para apreciar la intensidad se le presentaba una flor o más de una.
Después se pensó que sería más simple dejar esta tarea educativa al mismo ambiente. Primero, los olores para ejercitar los sentidos deben existir, y como no se encuentran forzosamente en nuestro entorno, se ideó un sistema que perfumara el ambiente, con la finalidad de que los aromas fueran cada vez más imperceptibles.
Se colgaron en las paredes algunas bolsas de decoración, según la moda china. Se preparó y se puso al alcance de los niños flores y hierbas del jardín, jabones de perfumes naturales, como el de almendra.
Mas tarde, cuando hicieron las plantaciones de hierbas aromáticas, todas de color verde, para que no fuese el color lo que llamase la atención, como ocurre en las flores vistosas, se comprobó que los que tenían más interés por buscar los distintos olores eran los niños de unos tres años; y Montessori se quedó asombrada cuando algunos le llevaron hierbas que no se habían cultivado en el jardín y que ni siquiera se consideraban aromáticas, pero que ante su insistencia, se descubrió que en efecto tenían un delicado perfume.
El campo, que por la uniformidad del color y por la escasa diferencia de las formas, representa hasta cierto punto el aislamiento de las sensaciones olfativas, se convirtió en un lugar de “búsqueda”, y por tanto de ejercicio del sentido olfativo. Cuando se ejercitan los estímulos sensoriales siguiendo un orden, también el olfato se ejercita de “manera inteligente” y es un órgano de exploración del ambiente.
Pero fue en la alimentación donde Montessori comprobó, incluso en los niños pequeños, que el olfato es el compañero natural del “gusto”, debido a su poder para escoger o rechazar alimentos. Montessori afirma que esta parte de la educación se confunde con la vida vegetativa, pero en realidad es tan delicada, que merece un trato especial. En efecto, reflexionando acerca de que el gusto sólo percibe los cuatro sabores más simples, resulta de que el hecho de comer es el centro principal del ejercicio del olfato.
Enseñar a distinguir las sensaciones que son exclusivas del gusto, y enseñar a reconocer a los niños los cuatro sabores fundamentales, tiene un indudable interés para Montessori. El dulce y el salado son gustos agradables, la búsqueda del amargo es una experiencia, y el ácido, especialmente el de algunas frutas, es distinto en diversos grados.
El mundo de los olores se distingue más claramente que el del gusto en la variación de aquellas sensaciones mixtas olfativo-gustativas que se experimentan en la nutrición, como es el caso de la leche, el pan tibio y seco, el caldo, la fruta, etc. Y las sensaciones táctiles de la lengua, como las de las sustancias aceitosas, se distinguen de las sensaciones del gusto y del olfato mediante un trabajo mental que es una auténtica exploración de sí mismos y del ambiente.
El método de hacer tocar con la lengua una solución amarga, ácida, dulce, salada, tal como se hace en estesiometría (comprobar la sensibilidad), se puede aplicar a niños de cinco años que se prestan a estas búsquedas, como si fueran un juego, y se divierten sorbiendo, sin sospechar que están haciendo de conejillos de indias de experimentos que el adulto denomina solemnemente científicos. Los niños pequeños se dedicaban seriamente a la búsqueda de aquellos perfumes que la naturaleza ha distribuido en las hierbas del campo.

Ejercicios de distinciones visuales y auditivas
Material: Encajes sólidos y bloques
Distinción sutil de las dimensiones, solamente con las percepciones visuales.
Las series demuestran diferencias de dimensiones:
-En una serie las diferencias son de una sola dimensión (altura).
-En otra serie existe diferencia gradual de dos dimensiones (sección).
-En otra la diferencia está en las tres dimensiones.
Encajes sólidos.- Son tres soportes macizos de madera de color natural, lacados. Los tres de la misma forma y dimensión (55cm de largo, 6 cm de altura y 8 cm de anchura). Cada uno lleva diez piezas de para encajar, que son cilindros pequeños lisos, que llevan un botoncito de latón en el centro de la cara superior para poderlos agarrar; se pueden poner y sacar fácilmente en los agujeros del soporte y encajan perfectamente y exclusivamente a cada cilindro.
En conjunto, cada soporte se parece mucho a la caja de pesos de una balanza. Pero los cilindros escondidos en los tres soportes tienen una diferencia graduada regularmente:


Los niños cogen un solo soporte. Por tanto, tres niños pueden estar ocupados al mismo tiempo con los encajes.
El ejercicio es el mismo para los tres encajes: se ponen encima de la mesa, se sacan los cilindros, se mezclan y después se vuelven a colocar en el agujero correspondiente. ( El ejercicio es fundamental, de tal manera que cada soporte debería tener su propia mesa que tuviera un espacio para los cilindros sacados del agujero). En la correspondencia exacta entre el cilindro y el espacio que se encuentra en el soporte, existe el “control de error”.
En efecto, si en el primer encaje, por ejemplo, el niño se equivoca de agujero, un cilindro desaparecerá en la profundidad, y otro sobresaldrá por falta de profundidad; y la irregularidad, visible y palpable, será un control absoluto y material del error cometido. En consecuencia, es necesario cambiar de lugar los objetos atentamente, probar y volver a probar la colocación, hasta que todos estén colocados en su lugar, al mismo nivel que el soporte.
Es incluso más evidente el error en el segundo encaje, aparentemente igual, pero que si se mira bien, es diferente. Todos los cilindros tienen la misma altura, pero las secciones circulares difieren gradualmente del primero al último: en lugar de ser unos más altos y otros más bajos, como en el anterior, ahora son más finos unos y más gruesos otros. Si se pone un cilindro más fino que el espacio que lo recibe, puede ser que en un primer momento el error pase desapercibido, y durante cierto tiempo se podrá creer que se está haciendo bien. Pero al final, quedará un “cilindro incolocable”, fuera de lugar, fuera del soporte. Aquí el error es tan grave que la ilusión de hacerlo bien se pierde totalmente. Para ello, es necesario sacar todos los cilindros mal puestos y volverlos a colocar cada uno en lugar.
Los tres encajes, que a simple vista no se distinguen, le presentan al niño las diferencias mínimas y cada vez se hacen para él más interesantes. Luego viene la repetición del ejercicio que agudiza la vista para la distinción, agudiza el poder de observación, ordena y guía la atención conducida sistemáticamente, genera el razonamiento cuando el niño se fija en el error y en su corrección y, como le forma la personalidad psíquica a través de los sentidos, le permite un ejercicio constante y profundo.

Los bloques.- Tres series de bloques, aparentemente diversos, repiten la graduación de una, dos y tres dimensiones.
Se trata de trozos grandes de madera pintados de vivos colores, en tres sistemas con tres nombres: el sistema de las barras y de las medidas, el sistema de la escala de prismas y el sistema de los cubos (torre rosa).
Las barras, que todas tienen una base cuadrada de 113 mm de arista y son rojas, tienen una diferencia de 10 cm de una a otra: la más larga de la serie mide un metro y la más pequeña un decímetro.
Para poder manejar objetos tan largos y pesados, el niño se ve obligado a mover todo el cuerpo: debe dirigirse hacia delante y hacia atrás para transportar estas barras y colocarlas por orden de largura, como si fueran tubos de un órgano. Se tienen que poner en el suelo encima de una tarima suficientemente grande para que quepan el niño y el material. Una vez que se ha hecho bien la disposición, se deshace, se mezclan las barras colocadas en la misma disposición que los tubos del órgano, y se reconstruye el ejercicio las veces que sean necesarias hasta que el niño se encuentre satisfecho.

Esfuerzo y memoria muscular.- Los niños cogen los bloques con una sola mano teniendo en cuenta que a la mano de un niño de tres años le cuesta mucho coger bloques de diez centímetros de largura. Además estos bloques, y sobre todo el prisma de diez centímetros de largo, pesan mucho para el niño. Por tanto, el niño hace grandes esfuerzos con la manita mientras la está reforzando. Cogiendo repetidas veces todos los bloques de color marrón, la mano del niño acaba adquiriendo automáticamente la posición precisa y necesaria para abrazar el espacio de 10 cm, de 9, de 8, de 7, de 6, de 5, de 4, de 3, de 2, de 1, es decir, la memoria muscular se fija de acuerdo con las precisas graduaciones de espacio. Lo mismo se repite con los cubos de color rosa. Aquí existe otro medio de perfeccionamiento: el cubo inmediatamente más pequeño en la gradación se debe colocar en el centro del anterior, de forma que quede un espacio de un centímetro por el alrededor; el brazo y la mano, entonces, debe obedecer esta intención precisa, es decir, hacen un movimiento intencional preciso. El movimiento más difícil es el que se debe hacer con el cubo más pequeño: el que tiene un centímetro de lado: el brazo ha de estar bien seguro para poner en el centro ese objeto tan pequeño, y lo demuestran la atención intensa del niño y su evidente esfuerzo.
Sin duda que en los ejercicios con encajes y bloques se educa el sentido de la vista, poco a poco se van distinguiendo diferencias que antes no se apreciaban. El ejercicio con la vista es una actividad motriz, bien por el hecho de revolver objetos pequeños que se deben cambiar de lugar, o bien por el transporte y la colocación de los gruesos bloques de madera. El ejercicio de los sentidos está conducido por “movimientos” que se coordinan según un objetivo inteligente que es necesario establecer.
Para el niño el ejercicio más fácil es el de los cubos (las diferencias máximas) y el más difícil el de las barras (las diferencias mínimas). Pero cuando en los cursos de primaria el niño se interesa por la aritmética y la geometría, se acuerda de los bloques de la primera infancia y vuelve a estudiarlos en las proporciones relativas, aplicando la ciencia de los números.


Material de los colores
El material que sirve para reconocer los colores (educación del sentido cromático), Montessori lo determinó después de una larga serie de pruebas con niños normales. El material definitivo son unas maderitas en las que hay cosidos hilos de seda de colores vivos. En ambos lados hay unas rebabas que impiden que los hilos de colores se escapen y permiten que se pueda coger la madera sin tocar nunca el hilo de color. De esta forma el hilo conserva el color mucho tiempo.
Montessori escogió nueve colores y cada uno tenía siete gradaciones de diversa intensidad: son, por tanto, 63 maderitas de colores. Los colores son: gris (del negro al blanco), rojo, naranja, amarillo, verde, azúl, morado, marrón y rosa.
Algunos ejercicios creados con este material son:
Se escogen tres colores con la gradación más viva, por ejemplo, rojo, azúl y amarillo y con doble espacio. Se colocan encima de la mesa delante del niño. Se le presenta un color y se le dice que lo busque, en la mezcla de los otros. Y así se van disponiendo las maderitas en columna, de dos en dos, es decir, aparejadas según el mismo color. Se va aumentando el número de maderitas de colores hasta presentar los nueve colores, o sea 18 maderitas. Finalmente en lugar de los colores más vivos, se cogen los más oscuros o los más claros.
Después se presentan dos o tres maderitas del mismo color, pero de intensidad diversa, cogiendo, por ejemplo, el más claro, el medio y el más oscuro y se ordena ponerlos en orden de gradación, hasta llegar a presentar las nueve gradaciones.
En una Casa de los Niños, Montessori vio cómo hacían este juego con gran interés y con una rapidez sorprendente: la directora pone encima de una mesa entorno a la que hay niños sentados, tantos colores como niños, tres por ejemplo. La maestra le indica al niño que observe bien el color que le toca o el que ha escogido. Después mezcla todos los grupos en la mesa. Cada niño coge rápidamente todas las gradaciones de su color, los amontona y después coloca los fragmentos colocándolos por gradación de forma que semeja una cinta de colores que va desapareciendo.
En otra Casa, observó cómo los niños cogían toda la caja de 63 colores, la tiraban sobre la mesa y mezclaban las maderitas, después volvían a formar los grupos rápidamente y los disponían por gradación construyendo sobre la mesa una especie de alfombra descolorida.
Los niños en seguida adquieren una habilidad que a Montessori la desconcertaba. Los niños de tres años colocan en gradación todos los colores.
Se puede también experimentar la memoria de los colores, haciéndole observar al niño un color, y haciéndole ir a buscar el mismo color en una mesa lejana donde están todos los colores alineados. Los niños suelen hacer bien este ejercicio, pero cometen pequeños errores. Los de cinco años disfrutan con este ejercicio y después les gusta comparar dos colores y adivinar su identidad.

Conocimientos sensoriales de geometría.

Los encajes planos y las formas geométricas.

 Primer material: Historia de los encajes planos de madera
En la escuela de deficientes, Montessori ya había construido estos encajes en dos maderitas que se colocaban una encima de la otra, la que hacía de base era de una sola pieza y la de encima estaba perforada en forma de diversas figuras geométricas: en los agujeros sí debían encajar perfectamente las correspondientes figuras geométricas de madera, las cuales tenían un botoncito de latón para agarrarlas.
Séguin utilizaba una estrella, un rectángulo, un cuadrado, un triángulo y un círculo, cada uno de un color diferente, de forma que se unían colores y formas: y los agujeros estaban en el mismo tablero de madera.
En la escuela de deficientes de Montessori, se multiplicaron los ejemplares, distinguiendo los de colores de los de las formas. Los encajes de colores eran todos circulares, y los de las formas eran todos de color azúl. Hizo construir un gran número de maderitas de distintos colores, agrupando siempre muchas figuras en el mismo tablero rígido y así, eran inseparables.
Pero en sus nuevas experiencias con niños normales, después de diversas pruebas, suprimió totalmente los encajes planos de los colores porque este material no permite ningún control del error, y el niño sólo debe tapar el color que compara.

 Material definitivo.- En cambio conservó los encajes planos de las formas, pero modificó el material separando todas las figuras: cada objeto que se tiene que encajar tiene un simple marco que se ajusta con el trozo, tal como hacen los carpinteros en la construcción exacta y ajustada, cosa que es la primera prueba de habilidad del operario.
Cada pieza de distinta forma (cuadrados, rectángulos, círculos, triángulos, trapecios, óvalos, etc.) tenía un color azúl luminoso, mientras que los marcos separados por cada pieza eran todos cuadrados, de la misma dimensión y de color blanco. De esta forma se podían hacer muchas combinaciones con los trozos separados, y se podían multiplicar las agrupaciones ya que era fácil poner los marcos uno al lado del otro.
Para poder tener juntos los grupos, preparó bandejas de madera que pudieran contener seis cuadrados, y para eso había seis figuras superpuestas de tres en tres. El fondo azúl de estas bandejas de madera resalta, cuando se dejan los marcos y se sacan las figuras, porque queda un fondo idéntico a la figura en la forma y color.
Para los primeros ejercicios hizo construir una bandeja con un fondo rectangular de la misma dimensión que las maderitas: el fondo azúl oscuro está rodeado con un marco que sobresale y que mide 6 mm de grosor y 2 cm de ancho. Sobre este marco se pone una tapadera construida con listones de 2 cm de grosor que entrecruzan un transversal y dos perpendiculares de manera que forman seis cuadrados iguales. Esta tapadera gira alrededor de un eje pequeño que está fijado a una pequeña anilla.
Sobre el fondo azúl se pueden adaptar perfectamente seis cuadrados de madera de 10 cm de lado y 6 mm de grosor que quedan fijados por la tapadera, si se cierra, porque cada listón se coloca encima de los lados extremos de dos maderas adyacentes, de manera que quedan bien fijadas y el conjunto se puede considerar como si fuera una sola pieza.
Esta bandeja tiene la ventaja de que se pueden hacer todas las combinaciones posibles de figuras geométricas, cambiando las piezas, y además asegura la inmovilidad de los marcos. El marco y los lados externos e internos de la bandeja están pintados de color blanco. En cambio, los trozos que se han de encajar son azules como el fondo de la bandeja.
Montessori ordenó fabricar también cuatro cuadrados macizos, del mismo color azúl, porque así se podía adaptar la bandeja para contener sólo una, dos, tres, cuatro o cinco figuras geométricas, y no seis; porque es muy importante que en las primeras enseñanzas se expongan sólo dos o tres figuras que contrasten o que al menos sean de forma muy distinta (por ejemplo, un círculo y un cuadrado). De esta forma se puede multiplicar la posibilidad de combinaciones.
También preparó un pequeño armario que puede ser de cartón o de madera con seis estantes. Consiste en una caja en la que la parte anterior se puede bajar, como las cajas que utilizaban los abogados, y las seis maderas colocadas sobre pequeños soportes laterales pueden contener cada una seis cuadrados. En el primer estante colocó los cuatro cuadrados macizos, y dos que tiene un trapecio y un rombo; en el segundo estante, un cuadrado y cinco rectángulos de la misma medida y amplitud decreciente; en el tercero, seis círculos de diámetro decreciente; en el cuarto, seis triángulos; en el quinto, polígonos que van del pentágono al decágono; en el sexto, diversas figuras curvas, elipse, óvalo y una figura decorativa (cuatro arcos entrecruzados).

Las tres series de cartones.- A este material se le añadieron cartones blancos, cuadrados de 10 cm de arista. Encima de una primera serie de estos cartones hay enganchada una figura geométrica de papel azúl, del color de los trozos que se deben encajar, y que tiene las mismas dimensiones y la forma de todas las figuras geométricas de la colección; sobre una segunda serie de cartones iguales está enganchado el marco también de color azúl, de las mismas figuras geométricas, y el marco tiene un centímetro de grueso; sobre una tercera serie de cartones iguales se dibujó con una raya negra el marco que reproduce las figuras con las mismas dimensiones y formas. Esta idea se encuentra también en Séguin.

Ejercicio con los encajes.- Consiste en mostrarle al niño la bandeja con diversas figuras, sacar las piezas, mezclarlas sobre la mesa e invitar al niño a que las vuelva a colocar en su lugar.
Este juego también pueden hacerlos los niños que no tiene tres años, pero no es tan atractivo como el de los encajes sólidos. Montessori no vio que lo repitieran más de cinco o seis veces seguidas.
El niño gasta mucha energía en este ejercicio. Debe reconocer la forma y observar mucho. Al principio muchos consiguen encajar las piezas a base de pruebas, mirando de poner, por ejemplo, de colocar sucesivamente un triángulo en un trapecio, en un rectángulo, etc. O cuando cogen un rectángulo y reconocen el lugar donde lo tienen que poner, lo prueban, pero ponen el lado largo en el lugar del corto y sólo después de muchos intentos llegan a ponerlo en su lugar. Al cabo de tres o cuatro pruebas sucesivas, el niño reconoce con una facilidad extrema las figuras geométricas y pone los encajes con expresión de seguridad, y de forma despreocupada, de menosprecio hacia el ejercicio que ya considera demasiado fácil.
Este es el momento en que el niño se puede iniciar en una “observación” metódica de las formas, cambiando convenientemente las piezas sobre el atril y pasando de los contrastes a las semejanzas. Entonces el ejercicio resulta fácil para el niño, que se acostumbra a reconocer las figuras y a colocar las piezas de encaje en su lugar sin esfuerzo ni pruebas.
En un primer momento en que el niño ve figuras de forma contrastada, va muy bien asociar a la sensación visual sensaciones táctilo-musculares porque facilitan el reconocimiento. Montessori hacía tocar con el índice de la mano derecha tanto los lados del trozo a encajar, como el lado interior de la pieza que deberá caber y que repite la figura del mismo trozo, y procuraba que esto fuera un hábito del niño. Prácticamente es algo muy fácil porque a los niños pequeños, lo que más les gusta es tocar: algunos niños que aún no reconocen una figura mirándola, la reconocen tocándola. Evidentemente que asociar el sentido táctilo-muscular con el de la vista ayuda mucho a percibir las formas y fija la memoria.
En estos ejercicios el control es absoluto, como en los encajes sólidos porque la figura sólo puede entrar en el marco que le corresponde, por eso el niño se puede ejercitar solo y hacer una auténtica autoeducación sensorial, por lo que se refiere a la percepción visual de las formas.


Ejercicios con las tres series de cartones
Primera serie: Se le dan al niño algunos cartones con las figuras llenas y formas para encajar, es decir, las figuras centrales sin la pieza que hace de marco, correspondientes a las figuras. Se mezclan, el niño ha de ordenar los cartones en fila sobre la mesa (cosa que le encanta), y después adaptar encima los trozos. Aquí el control se encuentra en la vista: el niño debe reconocer la figura y adaptarle encima el trozo, de forma que lo cubra y lo esconda. El ojo del niño aquí es el marco que antes conducía materialmente a adaptar las dos piezas entre ellas. Además, el niño se debe habituar a tocar los contornos de la figura llena, como simple ejercicio y después de haber superpuesto el trozo, lo sigue tocando alrededor, como si lo ajustara con el dedo para que superposición sea perfecta.

Segunda serie: Se le dan al niño un montón de cartones y el grupo de formas para encajar que corresponden a las figuras dibujadas con el contorno de color azúl.

Tercera serie: Se le dan al niño cartones con las figuras simplemente dibujadas en negro y las formas para encajar como antes. El niño entonces, se prepara para interpretar con la vista los contornos de las figuras dibujadas y también se le prepara con la mano en el dibujo de las mismas figuras por medio de los movimientos que ha hecho.


Ejercicios para distinguir los sonidos
La educación del oído nos conduce especialmente a las relaciones del sujeto con un ambiente en movimiento que produce sonidos o ruidos. Donde todo está quieto, hay el silencio absoluto. El oído pues, es un sentido que sólo puede recibir percepciones si en el entorno del sujeto existe movimiento.
Una educación del oído que parta de la “inmovilidad” para llegar a la percepción de los ruidos o de los sonidos provocados por movimientos es una educación que parte del silencio.
El silencio es también la búsqueda de “esfuerzos colectivos” porque para obtener el silencio en un ambiente, es necesario que todas las cosas y personas estén en una inmovilidad absoluta. No hay duda que la búsqueda del silencio ha de provocar un vivo interés, como de hecho pasa en los niños.
El sentido del oído también nos da una idea clara de en qué consiste la primitiva y básica educación de los sentidos, porque consiste en “poder oír más”. El oído oye más (llega a una mayor agudeza) cuando oye ruidos “más ligeros” que antes. La educación de los sentidos conduce pues, a advertir los estímulos mínimos, y cuanto más pequeña sea la cosa percibida mayor es la capacidad sensorial. Por eso la educación de los sentidos permite avanzar esencialmente en la apreciación “mínima” de los estímulos externos. Por ejemplo, un hombre semisordo ( tal como lo ha presentado Itard) puede ser educado y percibir ruidos más pequeños que los que oía antes sin educación, y puede llegar gradualmente a percibir los ruidos que oye el hombre normal sin una educación auditiva.
Sobre esta base, Itard, con una sucesión de estímulos que van desde el contraste a la gradación hasta los mínimos, llevó a muchas personas semisordas a oír la voz que le habla y por tanto, a poder hablar, curando así a un gran número de mudos.
Otro principio de la educación sensorial es saber “distinguir” diferencias entre los estímulos. Esto incluye como preparación pedagógica una “clasificación” entre diversos grupos de sensaciones, y después la gradación que permita cada grupo.
Aquí se podrán distinguir al principio los ruidos de los sonidos, empezando por diferencias contrastadas hasta llegar a diferencias imperceptibles, y después el timbre diverso de los sonidos que tienen diversos orígenes, la voz humana y los instrumentos, y finalmente la gama de los sonidos musicales.
Las lecciones del silencio son ejercicios independientes que tienen un efecto práctico importante sobre la disciplina. El análisis de los sonidos del lenguaje es el ejercicio que se hace a la hora de aprender el alfabeto.
En cuanto a los ruidos, en esa época se utilizaba un material educativo muy simple y primitivo, que consistía en cajas de madera o cartón idénticas de dos en dos, preparadas de tal forma que si se colocaban en serie, creaban seis ruidos graduados.
Para la educación del sentido musical, Montessori adoptó una serie de campanas que Anna Maccheroni hizo preparar muy cuidadosamente. Las campanas, puestas encima de un soporte y separadas entre ellas, son idénticas, pero si se las toca con un martillito, reproducen las siguientes notas:
La única diferencia perceptible es la del sonido. En cada campana hay una doble serie, y se pueden transportar, por tanto, se pueden mezclar como todos los objetos de la educación sensorial.
El primer ejercicio consiste en coger las campanas por el pie, hacerlas vibrar con el golpe del martillito, reconocer las dos campanas que reproducen el mismo sonido y colocarlas de lado ( se excluyen los semitonos). Después se tiene que saber percibir los tonos de la escala en su sucesión, y en este caso es la maestra la que dispone una serie de campanas en el orden que quiere, y deja la otra serie mezclada. El ejercicio también consiste en aparejar ya que se trata de provocar el sonido de una de las campanas fijas en la serie, y buscar en el montón de la otra serie aquella campana que le corresponda.
Cuando la oreja ya está suficientemente educada para reconocer y recordar la sucesión de los simples sonidos de la escala, entonces los niños tienen la posibilidad de colocar ellos solos las campanas separadas o mezcladas en el orden y sucesión de los tonos, guiados sólo por el propio oído musical y pueden añadir también los semitonos.
No se puede decir que la misma música continuará y consolidará la educación musical, igual como que el estudio de la pintura continuará la educación visual de los colores, etc. Pero la base exacta de una “percepción clasificada” que queda grabada en el niño tiene un valor inestimable de cara al progreso sucesivo.

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